Luego un templo, escondido detrás de la fachada de una casa, gente cantando en trance, gente durmiendo en trance. nos tomamos un tiempo para bajar las revoluciones antes de entrar al lugar de la meditación. Decidimos ingresar. En silencio debemos sortear los cuerpos durmiendo, para no interrumpir. Tomamos ubicación al fondo y a la derecha de la llama del fuego. Prefiero no unirme al canto, no me sabía las frases bien y pensé que sería una interrupción más que un aporte. Entonces, observé. Luego, me recosté y descansé. Dormí como un bebé.
Al día siguiente desperté con ansias de ver el día. Salí del lugar, me encontré con otros amigos, conocí otros más. Preparamos desayuno, compartimos, cantamos, nos mojamos con agua.
Y emprendimos el regreso.
Cada día, nos vamos encontrando más rápido y más profundamente con quienes debemos hacerlo. Es la divinidad del amor la que nos une a compartir para seguir amándonos y llevar esa luz a otros. Las luciernagas están en todas partes, lo que pasa es que hemos olvidado que existen, las hemos apagado nosotros mismos con tanto maquillaje que no podemos ver su esplendor. Pero todo es ciclico, la tierra se limpia, al igual que nuestros corazones y la ilusión del samsahara sólo hay que concientizarla para ver más allá. Te abrazo y te agradezco ese té que jamás olvidare...
ResponderEliminarCada día soy más consciente de la apertura con que camino y me enfrento ante la vida, que se cree aleatoria pero es en ese azar, cuando dejamos de pretender el control de nuestros hechos, es que ocurren encuentros mágicos, con brebajes especialmente preparados para esa situación: Cuando lo preparamos dijimos, este es el té de la paz, lo llevamos para compartir.
ResponderEliminar